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Las Tres Damas
Asuntos de mujeres Capítulo 10.1 Valentina y Éolywyn abandonaron el Palacio de los Reyes acompañadas por un apuesto y fornido gondoriano, la dama de Rohan se lo presentó a Valentina como Derufod, guardián de la Ciudadela y un estimado amigo. Le contó que antes de la Guerra del Anillo, aquel hombre de cabello oscuro y corto y barba rala bien cuidada, había sido mensajero y fiel amigo de Boromir y fue el correo secreto entre ellos. Derufod, a ojos de la hobbit, era un hombre interesante de excelentes modales y observó que miraba furtivamente a Éolywyn con una mirada que más que amistosa, era de gran interés. Solía hacerlo cuando la dama estaba distraída y cambiaba bruscamente la dirección de sus verdes ojos cuando Éolywyn se dirigía a él. Se encontraban en una tienda, algo estrecha y atestada de piezas de telas, de todos los colores, bordadas con brillantes hilos, con estampados de flores, seda, satén, raso, etc. Valentina disfrutaba y había elegido tres piezas distintas: una era para su madre, una hermosa pieza de raso de un rosa oscuro, muy brillante y de excelente calidad, con ella se haría un bonito vestido y con el sobrante un chaleco para Franton, su padre. La otra pieza era para su queridísima amiga Malva, que siempre la aconsejó y ayudó en todo, para ella había apartado una tela blanca con flores bordadas en amarillo, el hilo del bordado era de purísima seda, muy fina y delicada, le encantaría. La tercera y última era para su odiosa tía Gloreta, siempre tan presumida y viscosa con sus hijas, era un terciopelo negro riguroso, la pieza no era muy grande con lo cual sólo tenía para medio vestido, así se fastidiaría. Valentina sonreía al pensar en la cara de sorpresa de su tía cuando viese el regalo y aún más al darse cuenta que no tenía para nada. Éolywyn estaba distraída mirando una caja con numerosos broches, el dueño de la tienda era un anciano mercader de cabellos grises y, al parecer, ya conocía a la mujer rohirrim, nada más verla, la saludó con afecto. Valentina estaba sentada sobre el mostrador, las piernas le colgaban y las balanceaba distraída, miraba los broches, eran muy bonitos, pero poco hobbit. Éolywyn se decidió al fin, eligió para su madre uno redondo y dorado con una pulida piedra verde en el centro; para la esposa de su hermano Éothéor, uno plateado con un entramado laberíntico y dos pequeños rubíes; para la mujer de Éokem, era la letra con la que comenzaba su nombre, era dorado y con grabados de hojas, también tomo uno para su doncella, era pequeño pero hermoso, un cisne con ojos de zafiro.
El anciano mercader se acercó a ellas con dos copas y una jarra de vino, ambas bebieron el suave y fresco líquido, parecía aliviar la sed. La hobbit miró al exterior de la tienda, y allí estaba Derufod, su figura gallarda, la capa echada hacia atrás dejaba al descubierto su flamante uniforme y su espada. Miraba el movimiento de los transeúntes que pasaban por allí y Valentina se dio cuenta de que Éolywyn también lo observaba: -Te gusta, ¿verdad? – preguntó sin más. Éolywyn carraspeó y miró los broches: -Es, bastante atractivo y muy educado, ¿a qué mujer no le gustaría? -¿Por qué sigue soltero? -No lo se – respondió la dama mirando al gondoriano y después a la hobbit. -Yo si lo se. -¿A si? – Éolywyn estaba sorprendida. -Tú le gustas, te mira mucho, creo que está enamorado de ti. La mujer quedó silenciosa y algo estupefacta, ella sabía que le gustaba, sabía que Derufod sentía algo más que lealtad hacia ella, pero ¿tan evidente era que Valentina se había dado cuenta?, a demás Éolywyn siempre había pertenecido a Boromir. continuará...
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